Hay algo raro cuando viajas.

Empiezas a ver caras conocidas por todos lados.

O al menos eso crees.

Te cruzas con alguien.

Lo miras.

Y piensas:

"¿De dónde lo conozco?"

Dos minutos después ya olvidaste el asunto.

Me pasó hace dos noches.

Estaba terminando el reporte.

Laptop abierta.

Lobby del hotel.

Bilbao.

Una dirección imposible de recordar y una "caña“ que ya estaba tibia.

En una mesa cercana había un tipo grande.

Muy grande.

Hablaba con una mujer.

Escuché algo sobre puntos.

Sobre una grilla.

Sobre no sé qué demonios.

No le di importancia.

Terminé el reporte.

La batería murió exactamente al mismo tiempo.

Perfecto.

Subí por el elevador.

Piso 6.

Presiono el botón.

Justo antes de cerrar la puerta aparece un brazo.

Piso 7.

Entra una persona.

Y ahí vuelve esa sensación.

Esa cara.

La conocía.

Esta vez mucho más.

De esas que te hacen pensar:

"No puede ser."

Y sí.

Era Ricky Rubio.

Luego entró un coach.

Y de pronto nos quedamos los tres atrapados en el silencio más incómodo y más divertido de todo Bilbao.

Seis pisos.

Nadie diciendo nada.

Mi cerebro trabajando horas extra.

¿Le pido una foto?

No.

Mi Iphone estaba cargando arriba.

¿Un autógrafo?

Ni siquiera traigo pluma.

Además ya nadie usa plumas.

Perfecto.

Entonces me quedé ahí.

Quieto.

Pensando.

Ricky Rubio.

Campeón del mundo.

Ex-NBA.

Uno de los mejores jugadores europeos de su generación.

Y yo atrapado en un elevador pensando que probablemente mi primer paso explosivo todavía podría romperle la cintura.

Lo cual es una mentira evidente.

Pero los pensamientos no necesitan permiso para existir.

Cuando llegamos al sexto piso me cedió el paso.

Educado.

Amable.

Visiblemente cansado.

Muy cansado.

Y ahí entendí algo.

No venían de vacaciones.

Venían de competir.

Después descubrí que acababan de perder el Juego 1.

Viaje.

Autobús.

Aeropuerto.

Hotel.

Fatiga.

Presión.

Todo junto.

Yo pensé:

"Jodidos."

No por ellos.

Por la derrota.

Por el cansancio.

Por el peso invisible que trae una serie cuando vas abajo.

Y mientras caminaba hacia mi habitación apareció una idea.

La misma que aparece siempre.

La narrativa.

Porque la mayoría de la gente ve una derrota.

Ve un marcador.

Ve una historia.

Yo veo otra cosa.

Veo fatiga.

Veo viajes.

Veo horarios.

Veo cuerpos.

Veo desgaste.

Veo información.

Y ahí empieza la diferencia.

Porque muchas veces el partido no se juega donde la televisión cree.

Se juega mucho antes.

En un aeropuerto.

En un autobús.

En una habitación de hotel.

O en un elevador de Bilbao donde nadie dice una palabra.

Y justo desde ahí empieza la lectura de hoy.

El casino vende Baskonia cerrando la serie.
Tiene sentido: ganó el Game 1, llega con experiencia, trae mejor momento y puede mandar a Joventut de vacaciones. Pero Badalona no es trámite. Joventut está con la espalda contra la pared, en casa y cuando un equipo juega para no morir, el partido cambia: más contacto, posesiones largas, nervio y menos ritmo limpio.

Por eso el valor no vive tanto en quién gana, sino en cómo se juega. El Game 1 terminó en 156 puntos, con dos equipos físicos y presión de playoff. Ahora el mercado pone 173.5.
Demasiado aire. La lectura limpia está en el Under 173.5, y yo voy a tomar los puntos de Juventud de Badalona con JOV +4.5 como segundo spot si Badalona convierte esto en pelea larga.

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Suteen txostena*
Reporte Fuego*

agur
Adios

Foto tomada al día siguiente cuando escribo esto.

— Donga.

A veces una lectura te lleva a una línea.

Y a veces te encierra seis pisos con Ricky Rubio.

Las dos cosas dicen lo mismo:

el partido empieza mucho antes del salto inicial.

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